sábado, 26 de enero de 2013

Rompe las reglas.


“Parece que hemos nacido para ir al colegio, estudiar una carrera, casarnos, tener hijos y vivir una vida de mierda con un trabajo de mierda. Cualquier persona que se salga de dichos parámetros se la considera soñadora e inmadura, cuando en realidad TODOS deberíamos perseguir nuestros sueños, por imposibles que parezcan.”

 
Esta es una de las frases que incluyo en el tercer capítulo de mi segundo libro “Amor y huesos” y que dentro de poco podréis comprar. De momento os dejaré parte del tercer capítulo no sin antes dejaros con una pequeña reflexión.

 Y es que la mayoría no se da cuenta de que desde tiempos remotos nos han implantado un sistema para que no pensemos. Parecemos robots: nacemos, nos llevan al cole, la universidad, un trabajo que ocupa casi toda nuestra vida y que no es nuestra pasión, casarnos y tener hijos…
Lo que creemos que es algo de lo más normal, no es más que un sistema inteligente para mantener nuestras mentes ocupadas y  que no nos rebelemos a ciertas cosas.
Pero yo os digo que luchéis por vuestros sueños, que lo intentéis, que hagáis de vuestra pasión vuestro trabajo. Si no sale como querías, al menos lo habrás intentado y habrás aprendido. Estoy segura de que hay muchas cosas que te apasionan, así que prueba, prueba, y prueba y no te rindas.

Ahí va parte del capítulo 3:


Where Do I go (Marie Digby)

 

Como esta canción está en inglés y describe tal cual me sentía (y me siento), además de que mucha gente se puede sentir identificada, aquí os dejo toda la letra traducida. ¡Espero que la disfrutéis!

 
“¿A dónde ir?

Veinte mil millas del lugar que llamo hogar, Veintitantos años desde el día en que nací, y estoy buscando, sigo buscando respuestas… La gente a menudo me dice que debo escoger un camino diferente, que éste puede ponerse feo, que de la vuelta y crezca… Pero estoy caminando, y no me importa si estoy caminando sola. Y estoy gritando en la oscuridad, buscando una respuesta ¿A dónde ir de aquí? No sé a dónde me dirijo, o si esto es sólo un gran error, pero algo me está diciendo que caer es una oportunidad, sólo tengo que tomarla. Así que cogeré el autobús, bajaré mis maletas y echaré un último vistazo al único hogar que he conocido, al único refugio que siempre he conocido. Toda mi vida he estado muy cómoda, pero siempre supe que llegaría el día donde tendría que salir. Y yo sigo de pie, pero no puedo sostener la respiración, o corro tan rápido como puedo pero no voy a ningún lugar.”

 

Se acabó la Feria y ya quedaban pocos días para empezar las clases en la escuela taurina. Tenía muchísimas ganas, pero a la vez estaba muerta de miedo. Era un paso más en mi decisión de querer ser torero, una de las profesiones más duras, aunque también de las más bonitas, que tiene la vida. Es una de las carreras más desesperantes. Tienes que luchar contra tus miedos, contra los miedos de tus familiares, contra los que te intentan hundir, aprovecharse de ti, contra los que se ríen de tus sueños, o los que te llaman “asesino”, contra miles de injusticias, etc. ¡Tienes que soportar tantas cosas! Para colmo, es un mundo muy, muy, muy difícil donde muy pocos llegan, y donde los que no tienen medios para tirar adelante difícilmente se abren camino. Yo no tenía medios (pues no me podía permitir pagarme vacas para torear, o pagar novilladas, etc, ni tenía contactos que me facilitaran las cosas), y contaba con muy pocas cualidades (ya que había toreado muy poco y no me había dado tiempo a curtirme ni coger oficio), pero eso no impidió que intentara luchar por aquello que me dio la vida y me alejó del mundo de los trastornos alimentarios. Los toros me dieron la vida, y estaba dispuesta a darla por ello.

 Mucha gente me preguntaba si no tenía miedo. Otros me decían que tenía muy poco aprecio a la vida al exponerme a tal peligro. Yo les decía que sí, que sí pasaba miedo, pero que era tan maravilloso lo que sentía y lo que me aportaba el estar ahí delante del animal, que merecía la pena. Lo compensa con creces, a pesar de que arriesgas TODO. A los otros les decía que los toros eran mi vida y me daban aliento, y que yo por todo aquello que me haga vivir, me la juego. Estaba dispuesta a morir por eso, porque era precisamente eso lo que me hacía vivir. Me parecía un trato justo. Duro, pero justo. (Hablo en pasado para contaros mis comienzos, pero sigo opinando lo mismo en la actualidad.) Así que aun teniéndolo todo en contra, decidí apostar por la tauromaquia y trazarme mi camino. Fue (y es) un camino muy duro, ya que además de no tener medios ni apenas cualidades, se le sumaba el ser mujer y mi “avanzada” edad. Porque a pesar del avance del trato y visión hacia la mujer en el mundo respecto años atrás, la mujer en el toro todavía no está muy bien vista. Me refiero a que no nos toman en serio, a que se piensan que no podemos llegar alto como un hombre, a que se creen que somos unas tiquismiquis y unas blandengues, o que cuando una mujer parece que triunfa un poco ya corren habladurías de que consigue las cosas “agachándose bajo la mesa” o abriéndose de patas. Pero lo que más jode es que los compañeros no te vean como un rival. Porque en este mundo hay muchos piques entre todos, todos son rivales y luchan por ser los mejores. Pero cuando ven a una mujer no creen que pueda ser competencia. Al menos lo piensa la mayoría. Y en cuanto a los espectadores, no vienen a ver a un torero, vienen a ver el morbo de una mujer. Es por todo eso que siempre quise ser respetada desde el principio, y ser uno más, sin distinción de sexos.

 Mi edad también era un hándicap, ya que en esta profesión, como en las carreras artísticas o deportivas, lo suyo es que empieces a una edad temprana. ¿Y por qué? Pues, en este caso, porque “vende” más. Vende más ver a un niño torear que a un adulto. Además es una carrera tan larga que, si empiezas tarde, luego es más fácil que se te pase el arroz pronto. Pero el toro no te pide carnet de identidad, y tampoco hace distinción de sexos, así que mientras demuestres que mereces un sitio en este mundillo no debería importar nada más que lo que estés dispuesto a dar en la plaza y transmitir a los demás. Porque de eso se trata el toreo, ¿no? Ser capaz de transmitir sentimientos y dar emoción. Qué culpa tenía yo de haber nacido mujer (cosa que adoro), y de no haber descubierto el toreo hasta mis veintitantos. Pero a eso a la gente le da lo mismo, y prefiere juzgar antes que pararse a pensar qué es lo que realmente te motiva para luchar por ello. De primeras te ven y piensan, incluso dicen, que no ven claro que quieras ser torero de verdad. Nunca ha habido cosa que me de más rabia que eso. Que presupongan cosas sólo por ver mi aspecto. Por ser una chica femenina, coqueta y que le gusta el maquillaje. Parece como si fuera algo incompatible, y para nada es así. Pero a la gente le encanta criticar y hablar, y de primeras siempre va a parecer que un niño de 16 años se lo va a tomar más en serio que una mujer presumida que pasa de los 20. Una triste realidad. Además, no veo el por qué ponerle tantas pegas a la edad, si por lo general una persona mayor de veinte años va a tener más claro qué es lo que de verdad quiere en la vida, que uno que no llega ni a la mayoría de edad. Incluso seguramente ponga más empeño en lograrlo.

 Yo me siento muy identificada con Cayetano Rivera. Un hombre presumido, amante de la moda, y de vocación torera tardía. A pesar de las críticas y habladurías, luchó con todas sus fuerzas para llegar donde está ahora. Y aunque muchos lo desprestigien y digan que no vale nada, se merece el respeto de TODOS porque ha llegado donde ya quisiéramos muchos. También porque le dio igual lo que le dijeran los demás y se empeñó en seguir el camino de sus sueños, cosa que debería hacer todo el mundo. Aparentemente veo que somos de naturaleza bastante parecida, aunque yo no he tenido la suerte de pertenecer a una estirpe torera, y más aún de la talla de la del grandísimo Paquirri. De todas maneras, el “apellido” ayuda, y mucho, pero no lo es todo. Para ser torero hacen falta muchísimas cualidades que van más allá de ser “el hijo o familia de”, y eso parece que la gente no lo entiende.

 Para más Inri, no contaba con el apoyo de mi familia. Primero me decían que eso era algo pasajero, y que se me quitaría de la cabeza pronto. Pero con el paso de los años se dieron cuenta de que nunca he ido tan en serio con algo, y desde entonces no han parado de decirme que no voy a llegar a nada en esto, que la mujer no triunfa, que ya estoy mayor, que esto no tiene futuro, que me quite los pajaritos de la cabeza, que me deje de tonterías y busque un trabajo serio, que me busque un novio y asiente la cabeza, que ponga los pies sobre la tierra, y muchísimas cosas más. No hay nada que me dé más rabia que me digan lo que tengo que hacer y cómo tiene que ser mi vida. Parece que hemos nacido para ir al colegio, estudiar una carrera, casarnos, tener hijos y vivir una vida de mierda con un trabajo de mierda. Cualquier persona que se salga de dichos parámetros se la considera soñadora e inmadura, cuando en realidad TODOS deberíamos perseguir nuestros sueños, por imposibles que parezcan. Si yo decía que me daba igual ponerme a limpiar casas con tal de ganar dinero para costearme lo de los toros, me decían que tenía que dejarme de tanta tontería y ponerme a buscar un trabajo serio que me durara toda la vida. Pues no, cualquier cosa que te haga ganar dinero honradamente es válida, y a mí no se me van a “caer los anillos” por limpiar. Es un trabajo como otro cualquiera, y es muy digno. Incluso una mujer de la limpieza puede ser más feliz que un ejecutivo importante. Más madura es la persona que sabe lo que quiere y que lucha por ello, aunque tenga que tener primero un trabajito modesto. Incluso lo de la limpieza puede ser un buen trabajo de por vida, mientras te dé para vivir y seas feliz. Qué sabrá la gente.

 Además, yo no quería ser torero por el dinero, sino por todo lo que me hacía sentir y aportaba a mi vida. Es cierto que el dinero es un añadido que no te desagrada, y te hace soñar un poco más, pero también es cierto que en los comienzos pierdes más dinero de lo que ganas y que más adelante, si no eres un torero importante, tampoco ganas demasiado. Yo sabía que no iba a llegar a figura, así que tenía los pies en la tierra más de lo que ellos creían. De pajaritos, nada. Más pajaritos tenía yo cuando pensaba que podría ser una periodista televisiva importante sin salir de la isla. Mi elección de ser torero era tan válida como la del que elige ser arquitecto. Una elección más extraña, pero no por ello menos madura.

 La gente no aprueba lo diferente, y la vida es como cada uno quiera vivirla, no como los demás dicen que tiene que ser. Sabía lo que quería y sabía a lo que me exponía. Desde la primera vez que me puse delante, me he llevado sustos y volteretas. El primer golpe fue en el encierro de Alcaraz del 2009, aquel que cuento en “Zero”, más otros sustos más que tuve en las capeas. Y, toreando, no había día que no hubiera recibido. Las pocas veces que me había puesto delante, acababa siempre volteada. Llegaba a casa con las piernas llenas de morados y magulladuras, dolores por todos lados. Mi primera voltereta fue bastante fea, caí hacía atrás y acabé hecha un ovillo y con la becerra por encima. Con un golpe en la frente y por el resto del cuerpo, más un dolor de lumbares que me duró al menos dos semanas. Los primeros días apenas podía sentarme. Pero volví a ponerme delante en seguida, ese mismo día, y otros pocos más después, y es cuando me di cuenta de que podía servir para esto. Me crecía cada vez que caía y me volvía a levantar. Me gustaba. Me sentía fuerte y poderosa. Llevaba los morados con orgullo, como marcas de guerra. No sé cómo reaccionaré ante una cornada, ya que todavía no he tenido ninguna, pero el hecho volverme a poner tras las volteretas, cuando muchos desisten, me daba impulsos para continuar. Y eso que sólo había toreado becerras (vacas de un año) y eralas (de dos años), pero tenían fuerza y hacían daño. Bastante. Así que más o menos podía hacerme una ligera idea de lo que puede hacer un toro. Eso, pero triplicado. O más. Es algo que sabes pero prefieres no pensar. Y no te gusta que te lo recuerden o, al menos, a mí no me gustaba. Bastante duro es, como para que cada 2x3 te estén diciendo lo peligroso que es. Hay que ser conscientes, pero no obsesionarse con ello, porque es entonces cuando ocurren las desgracias. Atraemos lo que pensamos, y si sólo pensamos en peligros y nos metemos más miedo en el cuerpo, entonces atraeremos tragedias. Además, alguien bloqueado por el miedo no tiene esa capacidad para solventar los problemas y cualquier imprevisto que pueda surgir en la plaza durante la lidia.

 El miedo es una condición natural en el ser humano, pero hay que saberlo mantener en ciertos niveles. No hay que tener tanto como para no saber afrontar las cosas, ni tan poco como para exponerse a riesgos innecesarios y perderle el respeto al animal. Todo esto es aplicable a cualquier ámbito de la vida. Saberlo mantener en unos niveles adecuados es un gran trabajo mental, y es necesario. Opino también que si algo te tiene que pasar, te pasará. Ya sea en la plaza, en la calle, con el coche, o donde sea. En realidad estamos siempre expuestos al peligro, pero es algo que no pensamos. Ciertamente lo sabemos, pero es inútil que estemos siempre con el miedo metido en el cuerpo, pensando que podemos tener un accidente de coche, o de avión, o que vendrá un loco y nos pegará un tiro. Si fuera así, nos encerraríamos en casa y no viviríamos. Pues lo mismo es con los toros o con cualquier profesión de riesgo. Tenemos que saber que nos exponemos voluntariamente a un peligro, que puede pasar cualquier cosa, pero no tenemos que pensarlo. Hay que confiar en nuestras aptitudes, y saber que si te tiene que pasar algo, pues te pasará. Es por todo ello que tenía la manía de que no quería que me dijeran antes de torear: “ves con cuidado”. No me gustaba, me daba mal fario. Yo quería que me dijeran algo así como: “tú puedes, a por todas, dales una lección a todos.” Cualquier cosa que diera ánimos menos un “ves con cuidado” o cosas de ese tipo. Tú mismo ya sabes que hay que ser cauteloso, y no hace falta que nadie te lo recuerde, porque entonces se desequilibra el nivel del miedo. Si tienes confianza en ti, podrás sobrellevarlo, y si no, pues mal asunto. El “ves con cuidado” encierra en el fondo una falta de confianza, que si acabas por creerla, malo. ¿Y cómo se puede superar el miedo? Pues pensando todo lo que he dicho antes y prepararse, prepararse y prepararse, así como querer afrontarlo. Alguien preparado tiene más confianza en sí mismo y, por lo tanto, lidiará mejor con el temor. Por ejemplo, imaginaos que hay dos personas que nunca han toreado, pero una se ha estado preparando y sabe lo que tiene que hacer, y la otra no ha entrenado nada ni tiene ni idea de cómo actuar. Lógicamente, aunque el primero fuera de naturaleza más cobarde, iría con más confianza que el otro a la hora de ponerse delante del animal. Es lógica pura: a mayor preparación, mayor confianza en uno mismo, y mayor facilidad de manejar el miedo. Pues así con cualquier cosa. La fe y la confianza son la clave. Otro ejemplo es que si ves que de repente te pesan los trastos, o no te ves con fondo, estarás más inseguro que si físicamente estás fuerte. La preparación física y mental es algo muy, muy importante.

 Os voy a poner otro ejemplo de por qué es tan importante la confianza y la preparación. Mi prima Marta Guerrero es piloto privado y se está preparando para el comercial. Yo, por ejemplo, no me veo con el valor suficiente para pilotar un avión o una avioneta (que son más inestables), y creo que hay que tenerlos bien puestos. Entonces, ¿qué es lo que nos lleva a unos a enfrentarnos a toros, a otros a pilotar aviones, o a hacer carreras de motos, etc? Aparte de por una pasión evidente, es la confianza. Yo, por ejemplo, no me veo capacitada para poner un avión sobre los aires, me da muchísimo respeto. Sin embargo, sí me veo capaz de enfrentarme a un toro, o, de momento, a novilletes, pues todo requiere su preparación. Es esa confianza de que sí puedo hacerlo la que me lleva a afrontarlo. No pilotaría un avión ni en broma, pero sí que me subiría con Marta al mando, porque confío en ella y en sus aptitudes. ¿Veis lo importante que es confiar? Es como en las parejas. Una pareja sin confianza no va a ningún lado. La falta de confianza en uno mismo llevará a los celos, pues pensará que su pareja puede encontrar a alguien mejor. Así como la falta de confianza en la otra persona, que también suscitará celos, ya que piensa que tarde o temprano le va a ser infiel. Creo que nunca me había parado a pensar en la importancia de la confianza hasta ahora. Sabía que la tenía, pero no hasta qué magnitud, pues nunca lo había analizado. Ahora, os animo a que penséis en algo a lo que tengáis miedo y que os impida hacer algo que os guste, como viajar, y que analicéis de qué manera podéis ganar confianza. Que reforcéis unos buenos pensamientos, y una buena actitud. Lo bueno, atrae lo bueno. En esta vida tenemos que enfrentarnos a nuestros temores. Ya sabéis que valiente no es el que no tiene miedo, sino el que lo tiene y, a pesar de ello, lo afronta.

 
Marian Guerrero

Más sorpresitas en: www.facebook.com/amoryhuesos




 

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