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Soñé que habían pasado diez años. Tú seguías tan guapo como siempre. Moreno, con esa cara de niño pillo de ojos rasgados, con las mejillas encendidas no por vergüenza sino porque tu piel se sonroja con facilidad, y esa boca… Esa boca que era mi debilidad, enmarcada por esa mandíbula cuadrada tan varonil, tan sexy, tan tuya y que fue tan mía durante un breve tiempo. Como aquella noche de Diciembre en la que jugábamos a darnos besos en la cara y yo deslizaba mis labios sobre ella, muy cerca de tu boca y con el corazón disparado.
Pasaron diez años y tú seguías igual de elegante. Con tu
americana, tu camisa blanca, un cinturón rodeando esos pantalones de cuadros
sutiles y con ese caminar de lobo alfa.
Seguías con esa voz tan ruda pero a la vez tan dulce, tan de
pueblo, tan manchega y que me volvía tan pero que tan completamente loca.
Jamás me hubiera cansado de escucharla porque para mí tu voz
era como para Ulises el canto de las sirenas. Con solo escucharte mi corazón
golpeaba con fuerza mi pecho, como si quisiera salir a tu encuentro por ser tú el
dueño. Porque tu voz era una especie de maldita flauta del Flautista de
Hamelín, y tú eras una especie de encantador de serpientes. Porque tu voz, tu
maldita preciosa voz, era mi perdición.
Pasaron diez años… y todo y nada seguía igual.
Cada uno con su vida, pero sin habernos olvidado en todo ese tiempo, dejando claro que lo nuestro había sido verdadero.
Cada uno con su vida, pero sin habernos olvidado en todo ese tiempo, dejando claro que lo nuestro había sido verdadero.
Soñé… pero entonces me desperté.
Por un instante creí sentir lo mismo, pero luego todo empezó
a desvanecerse, empañado por los recuerdos que me hicieron olvidarte. Todo lo
que había sentido por ti durante ese breve momento, se esfumó de nuevo y dejó
paso al olvido. No al olvido de no acordarme de ti, sino al olvido de no
sentirte.
Y entonces sentí envidia de aquellos dos enamorados del sueño,
de su historia verdadera y de sus corazones revolucionados…
Marian Guerrero.
Marian Guerrero.



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